Qué es la contaminación lumínica y cómo evitarla

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Un tipo de contaminación del que no se habla a menudo pero que, no obstante, es importante porque afecta negativamente a los animales nocturnos y dispara el consumo energético es la contaminación lumínica. Se la acostumbra a definir como la emisión de luz artificial en intensidades, direcciones, horarios y rangos espectrales innecesarios. Es un problema que, además, parace que desgraciadamente va en aumento, como podemos comprobar a diario en nuestras ciudades: al levantar la vista hacia el cielo nocturno, éste brilla por causa de la mala calidad del alumbrado exterior, tanto procedente de residencias privadas como edificios públicos, que incide y se refleja en las partículas del aire.
En primer lugar, una des más negativas consecuencias es el impacto que genera sobre el ecosistema nocturno. La contaminación lumínica rompe relaciones de presa-depredador, altera el reposo de los animales, afecta a las estrategias de camuflaje de muchas especies, incide negativamente en los procesos reproductivos de los animales y en sus cambios metabólicos ligados a las variaciones ambientales, algo que se conoce con el nombre de ritmos circadianos.
En segundo lugar, la contaminación lumínica significa un consumo irracional de recursos energéticos. Por ejemplo, sólo en Cataluña, que cuenta con una población de 7 millones de habitantes, se echan a perder 30 millones de euos para iluminar las nubes. Ese dinero lo pagamos todos los contribuyentes, y se lo gastan los Ayuntamientos que, muchas veces, están más preocupados de lo hermoso y novedoso del diseño de sus farolas que de hacer las cosas bien.
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No sólo afecta a nuestro bolsillo, claro. Toda esa luz de más tiene su traducción en la quema de combustibles fósiles en centrales térmicas, que son la mayor fuente de generación eléctrica, al menos en nuestro país. Eso contamina, claro. Sólo en Cataluña, la contaminación lumínica equivale a 14.000 toneladas de petróleo o, lo que es lo mismo, la emisión a la atmósfera de 50.000 toneladas de CO2, 1.000 toneladas de CO y 2.400 toneladas de dióxido de nitrógeno.
¿Cómo combatir la contaminación lumínica a nivel personal? Éstas son algunas de las recomendaciones que se recogen en Wikipedia:
Impedir que la luz se emita por encima de la horizontal y dirigirla sólo allí donde es necesaria. Emplear de forma generalizada luminarias apantalladas cuyo flujo luminoso se dirija únicamente hacia abajo.
Usar lámparas de espectro poco contaminante y gran eficiencia energética, preferentemente de vapor de sodio a baja presión (VSBP) o de vapor de sodio a alta presión (VSAP), con una potencia adecuada al uso.
Iluminar exclusivamente aquellas áreas que lo necesiten, de arriba hacia abajo y sin dejar que la luz escape fuera de estas zonas
Ajustar los niveles de iluminación en el suelo a los recomendados por organismos como el Instituto Astrofísico de Canarias o la Comisión Internacional de Iluminación.
A nivel municipal e incluso nacional, esto es lo que debería hacerse:
Regular el apagado de iluminaciones ornamentales, monumentales y publicitarias.
Prohibir los cañones de luz o láser y cualquier proyector que envíe la luz hacia el cielo.
Reducir el consumo en horas de menor actividad, mediante el empleo de reductores de flujo en la red pública o el apagado selectivo de luminarias. Apagar totalmente las luminarias que no sean necesarias.
También es interesante recordar que el cielo estrellado está considerado por la UNESCO como patrimonio de la Humanidad. Y que su contemplación y estudio está en el origen de nuestra civilización en la forma de mitos, cosmogonía, ciencia, filosofía, etc.

Un tipo de contaminación del que no se habla a menudo pero que, no obstante, es importante porque afecta negativamente a los animales nocturnos y dispara el consumo energético es la contaminación lumínica. Se la acostumbra a definir como la emisión de luz artificial en intensidades, direcciones, horarios y rangos espectrales innecesarios. Es un problema que, además, parace que desgraciadamente va en aumento, como podemos comprobar a diario en nuestras ciudades: al levantar la vista hacia el cielo nocturno, éste brilla por causa de la mala calidad del alumbrado exterior, tanto procedente de residencias privadas como edificios públicos, que incide y se refleja en las partículas del aire.

FUENTE – Ecología blog – 06/05/09

En primer lugar, una des más negativas consecuencias es el impacto que genera sobre el ecosistema nocturno. La contaminación lumínica rompe relaciones de presa-depredador, altera el reposo de los animales, afecta a las estrategias de camuflaje de muchas especies, incide negativamente en los procesos reproductivos de los animales y en sus cambios metabólicos ligados a las variaciones ambientales, algo que se conoce con el nombre de ritmos circadianos.

En segundo lugar, la contaminación lumínica significa un consumo irracional de recursos energéticos. Por ejemplo, sólo en Cataluña, que cuenta con una población de 7 millones de habitantes, se echan a perder 30 millones de euos para iluminar las nubes. Ese dinero lo pagamos todos los contribuyentes, y se lo gastan los Ayuntamientos que, muchas veces, están más preocupados de lo hermoso y novedoso del diseño de sus farolas que de hacer las cosas bien.

No sólo afecta a nuestro bolsillo, claro. Toda esa luz de más tiene su traducción en la quema de combustibles fósiles en centrales térmicas, que son la mayor fuente de generación eléctrica, al menos en nuestro país. Eso contamina, claro. Sólo en Cataluña, la contaminación lumínica equivale a 14.000 toneladas de petróleo o, lo que es lo mismo, la emisión a la atmósfera de 50.000 toneladas de CO2, 1.000 toneladas de CO y 2.400 toneladas de dióxido de nitrógeno.

¿Cómo combatir la contaminación lumínica a nivel personal? Éstas son algunas de las recomendaciones que se recogen en Wikipedia:

  • Impedir que la luz se emita por encima de la horizontal y dirigirla sólo allí donde es necesaria. Emplear de forma generalizada luminarias apantalladas cuyo flujo luminoso se dirija únicamente hacia abajo.
  • Usar lámparas de espectro poco contaminante y gran eficiencia energética, preferentemente de vapor de sodio a baja presión (VSBP) o de vapor de sodio a alta presión (VSAP), con una potencia adecuada al uso.
  • Iluminar exclusivamente aquellas áreas que lo necesiten, de arriba hacia abajo y sin dejar que la luz escape fuera de estas zonas
  • Ajustar los niveles de iluminación en el suelo a los recomendados por organismos como el Instituto Astrofísico de Canarias o la Comisión Internacional de Iluminación.

A nivel municipal e incluso nacional, esto es lo que debería hacerse:

  • Regular el apagado de iluminaciones ornamentales, monumentales y publicitarias.
  • Prohibir los cañones de luz o láser y cualquier proyector que envíe la luz hacia el cielo.
  • Reducir el consumo en horas de menor actividad, mediante el empleo de reductores de flujo en la red pública o el apagado selectivo de luminarias. Apagar totalmente las luminarias que no sean necesarias.

También es interesante recordar que el cielo estrellado está considerado por la UNESCO como patrimonio de la Humanidad. Y que su contemplación y estudio está en el origen de nuestra civilización en la forma de mitos, cosmogonía, ciencia, filosofía, etc.

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