El Reino Unido anuncia un ambicioso plan para almacenar el CO2 bajo tierra

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El Reino Unido vuelve a mirar al carbón. Lo ha anunciado estos días el Gobierno laborista, que se propone reintroducir el mineral negro en la complicada ecuación energética que se le presenta al país en los próximos años.

FUENTE – Madri+d – 04/05/2009

Se trata de construir centrales térmicas que desarrollen la tecnología de captura y almacenamiento del carbono (CCS en sus siglas en inglés). Es decir, que reduzcan las emisiones del CO2 producido por la combustión de las centrales a base de enterrarlo bajo tierra.

El CCS no es una tecnología reciente, pero es la primera vez que un país desarrollado anuncia que construirá su política energética alrededor de ella. Lo que promete el ministro de Energía, Ed Miliband, es que el Reino Unido no construirá ninguna nueva central de carbón que no incluya un procedimiento para enterrar el CO2 que produce. Según Miliband, todas tendrán que enterrar desde ahora un 25% de sus emisiones. Una proporción que deberán elevar hasta el 100% en 2025, la fecha en que se prevé que la tecnología del CCS esté plenamente desarrollada.

A primera vista, la decisión del Gobierno británico parece razonable. Las actuales nucleares británicas morirán antes de que las empresas tengan tiempo de construir las centrales que las sustituyan. Lo que -unido al ambicioso compromiso de reducir las emisiones de CO2 en un 80% antes de 2050- dejaría la demanda energética británica pendiente del siempre movedizo suministro de los gasoductos rusos.

Es esa doble necesidad ecologista y energética la que ha hecho que el anuncio lo hayan recibido con entusiasmo similar empresarios, oposición y diversos grupos que batallan contra el cambio climático. No todos, sin embargo, lo ven todo tan claro.

ESCEPTICISMO ECOLOGISTA

El director de Greenpeace, John Sauven, no se fía de la voluntad de las eléctricas de reducir el CO2 que expulsan a la atmósfera y teme que la luz verde del Gobierno a nuevas centrales de carbón dé lugar a más emisiones: «Si la tecnología del CCS no funciona, ¿cómo se asegurará el Gobierno de que al Reino Unido no le quedarán en herencia nuevas centrales de carbón que emiten enormes cantidades de CO2 justo cuando el país debería rebajar sus emisiones?».

Es una pregunta envenenada y de difícil respuesta porque en muchos sentidos la viabilidad del CCS sigue siendo un enigma. Por el momento sólo se utiliza en pequeñas centrales en Canadá y Alemania y aún no se sabe si se podrá aplicar a plantas de más empaque.

Las eléctricas alertan de que su coste disparará los recibos de la luz en un 2%, pues el almacenamiento de CO2 requiere usar entre el 10% y el 40% de la producción energética de la planta. Según E.On, construir una planta de CCS que entierre el CO2 de la central que planea construir en Kingsnorth costaría la friolera de 1.100 millones de euros. Y aunque el experimento fuera viable, hay ecologistas que alertan de que podría generar una especie de ‘fiebre del carbón’ que esquilmara las reservas del mineral en los países desarrollados.

De todas formas, son muchos quienes no quieren ver el vaso medio vacío y saludan la decisión del Gobierno británico con optimismo. No sólo porque persevera en la apuesta del Reino Unido por una economía coherente con la lucha contra el cambio climático, sino porque el desarrollo de la tecnología del CCS podría ser una solución para países como China, que depende del carbón más que ningún otro país en el mundo.

La presión se cierne ahora sobre la agencia del medio ambiente del Reino Unido, el organismo que determinará cuándo deben las centrales pasar de enterrar el 25% del CO2 a enterrar el 100% que produzcan. Las empresas intentarán ganar tiempo. Al menos si la tecnología sigue siendo cara, difícil de aplicar y económicamente poco viable.

LA PRIMERA PLANTA ESPAÑOLA, EN LEÓN

A finales de este año, si se cumple el calendario previsto, España también tendrá su primera planta de captura de CO2. Este proyecto se enmarca en la Plataforma Europea Cero Emisiones, que prevé que haya 12 plantas piloto en Europa antes de 2012.

El experimento español se ubica junto a una central térmica de generación de electricidad con carbón de Endesa, en El Bierzo (León). Sin embargo, tras la fase de captura del CO2 en el proceso de combustión, hay que buscar emplazamientos idóneos para secuestrar este gas contaminante.

De momento, se han identificado zonas en la cuenca del Ebro, Teruel, la desembocadura del Guadalquivir, el Campo de Gibraltar, Jaén, el sur de Madrid o Guadalajara que podrían servir para este propósito.

Autor: E. Suárez

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