Cultivar el desierto, una propuesta contra el hambre y el cambio climático

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Aunque el 60 por ciento de los habitantes de Níger vive con menos de un dólar al día y cuatro quintas partes del país están cubiertas por las arenas del Sáhara, sus agricultores han desafiado al clima y han demostrado que todo es posible, incluso cultivar el desierto para luchar contra el hambre.

niger

FUENTE – Doorenovables – 25/03/09

Níger, que ocupa el puesto 174 de los 177 que forman el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas (mide el grado de desarrollo de un país), es uno de los ejemplos incluidos en el informe “Las raíces de la resiliencia”, un análisis sobre la capacidad de superación humana realizado por el Instituto de Recursos Mundiales con la colaboración del Banco Mundial, la ONU y la Fundación Biodiversidad, difundido hoy.

El milagro verde de Níger comenzó hace veinte años gracias al trabajo coordinado de ONG, donantes gubernamentales y agencias de asistencia internacional, que, con técnicas simples y de bajo coste, ayudaron a los agricultores nigerinos a limpiar la tierra de restos y plantas para probar con cultivos nuevos.

El resultado es que una región vulnerable desde el punto de vista ecológico y muy afectada por la desertización y el cambio climático, es hoy una extensión cultivada del tamaño de Costa Rica (prácticamente el doble que hace veinte años), de la que se benefician 4,5 millones de agricultores.

Además, esta capacidad de gestionar los recursos naturales no sólo ha contribuido a reducir la erosión, aumentar la fertilidad del suelo, y casi eliminar los periodos de hambruna, sino también a mejorar la vida de las mujeres y los jóvenes de ese país, hasta entonces obligados a emigrar a países vecinos en busca de trabajo.

Pero Níger no es un caso aislado, otro ejemplo de éxito social, ecológico y económico es el de los humedales Hail Haor en una remota región al norte de Bangladesh, un lugar en el que hace ocho años sólo había familias enfrentadas por las tierras y era raro ver una red de pesca y en el que hoy viven 184.000 campesinos convertidos en pescadores y que explotan un santuario vedado a la pesca.

Este cambio de vida lo consiguió un innovador programa piloto de gestión del humedal que ha recuperado un hábitat degradado y lo ha convertido en una reserva pesquera que es la base de subsistencia de muchas comunidades locales.

El Petén, la región más norteña de Guatemala, es una mezcla única de belleza natural (con 33.000 kilómetros cuadrados de selva virgen) y patrimonio arqueológico maya, que hace una década estaba seriamente amenazada por la deforestación.

Hoy Petén cuenta con decenas de prósperas empresas comunitarias de silvicultura que, con su madera y productos forestales no madereros recogidos de forma sostenible, están atrayendo la atención de compradores extranjeros, ha reducido drásticamente los incendios forestales, la tala ilegal y la caza, y que genera casi cinco millones de dólares de beneficios al año.

Todos estos ejemplos de resiliencia muestran que los gobiernos y ONG pueden coordinar con éxito la creación de empresas y cooperativas basadas en la autogestión de los recursos naturales.

El resultado de estos proyectos no sólo aminora la pobreza de las zonas rurales, sino que contribuye a estabilizar la economía familiar, a aumentar el desarrollo local y a mitigar el calentamiento global en unas áreas especialmente vulnerables a los efectos del cambio climático.

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